A raíz de la entrada anterior me quedé pensando en cuántas veces tener chicos, propios o cercanos "nos viene bien".
De ninguna manera estoy hablando de aprovecharse de ellos o hacerles un daño, simplemente de pensar cuántas veces los chicos nos facilitan algunas situaciones, que sin ellos serían casi imposibles, ridículas o poco naturales.
A la clásica imagen de comprar juguetes que nos gusten más a los adultos que a los niños que supuestamente serán sus destinatarios (que nadie me discuta esto, porque los fabricantes de juguetes saben muy bien quienes tienen la plata para comprarlos y no son los que miden menos de un metro precisamente) o llevarlos a ver Disney on Ice, Tinkerbell y espectáculos similares se suman otras en las que venía pensando esta semana.
El viernes por ejemplo fuimos tarde al supermercado, sin auto, pensando que eran pocas cosas que no me iba a dar trabajo traerlas yo misma. Como siempre no resultó así y mientras volvíamos con un minimercado a cuestas pensaba "qué bien me vendría ahora tener un bebé para cargar todas estas cosas en el cochecito".
Ayer nos citaron para entregarnos el informe anual de María Clara. Por pudor no me voy a extender sobre el mismo, pero todavía me pregunto cómo pasé por la puerta para salir. Minutos después, camino al trabajo pensaba "bueno, si no te elogian así tu trabajo, no está nada mal que te elogien así a tu hija". Sí, ya sé que en el Kinder Play de este año me porté considerablemente bien, que se vienen las encuestas de satisfacción a padres y demás. Pero dudo que nos digan nada que no sea cierto.

Por mucho tiempo suspiraba por tener una nena para poder comprarle toda esa ropa que uno mira en las vidrieras y a lo sumo puede comprarle a la nena de una amiga o prima (no tengo sobrinos). No digo que no lo aproveché, pero pensé que el periodo de gracia duraba unos cinco o seis años por lo menos. Resulta que desde que María Clara tiene dos que tengo que negociar con ella cada vez que compramos una prenda de vestir. Hasta las bombachitas. Ni que decir de la negociación diaria sobre lo que va a lucir ése día (y eso que la mayoría de las veces al jardín va con uniforme).
Este fin de semana estaba invitada al cumpleaños de una amiga newbie, de mi trabajo número dos. Lo festejaba junto con el de su hija que cumplía ocho, así que aunque ni yo conocía a su hija ni ella a la mía me invitó con María Clara, aunque me aclaró que entendía que las nenas no se conocían entre sí y que eran más grandes que María Clara y que no iba a conocer a nadie, así que si no quería venir no había problema. Cabe destacar que yo tampoco conocía a su familia, a sus amigos ni conocidos, más que a ella misma. En la plateada situación pensé que me venía muy bien tener una hija porque así al menos iba a tener con quien hablar de algo puesto que la cumpleañera no iba a estar todo el tiempo ocupándose de mi. Conclusión: Poco importaba que la mayoría de los niños tuviera cuatro años y una cabeza más de altura que ella, o que no se hubiera visto con ninguno en las cortas existencias de todos ellos. La vi cuando llegamos y después cuando logré encontrarla debajo de unas dos toneladas de maquillaje brillante con flores y mariposas. ¿La madre de la criatura que tampoco conocía a nadie? Bien, gracias.
Capítulo aparte merecen todas esas actividades extraescolares, con ballet, gimnasia artística, fútbol, rugby y artes marciales a la cabeza; que los niños realizan mucho más por deseos insatisfechos de sus padres que por voluntad propia. Y pensar que mi mamá no suspiraba en absoluto para que mi hermana y yo practicáramos danzas clásicas. Dios le da pan al que no tiene dientes!

Cruzando la vereda me acuerdo de las mañanas dominicales que había que ir a misa en mi infancia. Ir a misa un domingo a la tarde o el viernes a la nochecita es una cosa, y levantarte un día que podés seguir durmiendo es otra. Sumado a que la misa me parecía más aburrida (hereje! pero estamos hablando de mis épocas pre comunión y eso que la tomé bastante chiquita) encima en esas ocasiones mi madre nos ataviaba con vestiditos con punto smock igualitos, medias que pican y zapatos de esos que aprietan. Considerando que en general después había "reunión de primos" el atuendo formal molestaba aún más. También era aburrido esperar a que mi madre terminara de maquillarse con esmero, sin poder moverse una vez que había terminado de acicalar a su prole.
Pero lo más temible no era la misa en sí, para nada; sino lo que denominaríamos el After. Los saludos de aquí y allá, señoras en extremo perfumadas y con labiales que dejaban recuerdo con exclamaciones del estilo "¡así que estas son tus nenas!" "¡qué grandes que están!" "¡se parecen tanto a vos!" "¡Te felicito, están preciosas tus nenas!" y demás frases de compromiso por el estilo.

Nunca terminé de descifrar a quién pertenecían esos rostros desconocidos, ni por qué era tan importante saludar a gente que la gente menuda de la casa no conocía y de la que nunca había escuchado hablar.
Hace poco tiempo mi madre contó que cuando comenzó a circular por ése entorno que ella estaba embarazada por primera vez, hubo un rumor que no podía ser, que ya era grande para empezar a tener chicos. Mi mamá se casó a los 35, se ve que en esa época más de uno pensaba que ya después de eso no podías tener tu primer hijo, por ahí el quinto o el sexto sí, pero el primer no!
No eran las épocas de pantalones de tiro bajo o remeras con lycra, así que tuvo que esperar bastante para lucirse, pero finalmente llegó el día que fue a la iglesia "con toooda la panza" como cuenta mi mamá, y este grupo de señoras estas la miraban sin ningún disimulo, sin poder darle crédito a sus ojos.
Supongo que entonces no era casual que nos presentáramos, literalmente, como la familia Ingalls en la iglesia los domingos a la mañana. Lo que pasa es que cuando uno es chico es como decía Mafalda: uno agarró empezada la película, y casi nadie está dispuesto a contarte el principio.




















