
Cuando yo tenía unos trece o catorce años en una excursión escolar nos iban a llevar a la isla Martín García. Piensen que las extensiones se multiplican en la niñez y adolescencia con lo cual un paseo así representaba algo equivalente irse a Bora Bora en la actualidad, y el entusiasmo iba por el mismo canal.
Partimos temprano en la mañana, pero al llegar a río abierto Prefectura obligó a todas las embarcaciones a retornar pues habían informado un alerta meteorológico.
Se barajaron varias fechas para repetir el paseo, pero llegaba fin de año, los exámenes, los actos y finalmente no se concretó. Ante mi desilusión mi papá propone que ya que ninguno de la familia conocía la isla, era buena idea para un paseo. Veinte años más tarde, ése día aún no llegó.
Unos diez años después de la frustrada excursión, tenía un muy amigo cuya familia frecuentaba un club de remo en el delta, y así incursioné brevemente en aquel deporte (lo que dolían los brazos al día siguiente no tiene nombre). No fueron pocas las veces que hablamos de trasladarnos por este medio a la isla. Pero ese día tampoco se hizo presente, ni los fines de semana actuales donde tantos vecinos de fin de semana salen a navegar por esos pagos (y a esta altura, si es remando, ése día tampoco llegará, ya tengo que remar bastante diariamente para llegar a puertos más importantes a los que aún no arribo).
Martita, la señora que trabaja en casa, y que trabajó en casa de mis padres cuando yo era chica, sabe cocinar unas empanadas norteñas de ley, de esas con carne cortada a cuchillo, mucha cebolla de verdeo, picante y fritas en grasa de pella. En reiteradas oportunidades se ofreció a deleitarnos con ellas, pero siempre existe el miedo al colesterol, a los triglicéridos o a un ataque cardíaco. Después uno piensa en las que muchas veces compra o come en restaurantes, que ni se sabe a ciencia cierta lo que tienen adentro, y determina que una vez tan grave no va a ser, que un día nos decidimos a mandar todo a la miércoles y nos damos el gusto. Pero se ve que todavía no nos decidimos a mandar todo a la miércoles porque seguimos sin probarlas.
Desde que para ir a Pinamar no es imprescindible pasar por la localidad de Maipú, nos hemos quedado sin nuestra parrilla de ruta de cabecera. Extrañando las exquisiteces, y por qué no, el ambiente familiar de nuestra querida Ama Gozua miramos con cariño los asadores que se exhiben bordeando Dolores pensando que algún día elegiremos un sucesor. Pero pensamos en la higiene, en la peque, en el síndrome urémico hemolítico; y le metemos pata para llegar a destino o bien paramos en los más asépticos McDonalds o Minotauro, restándole folklore al clásico viaje a la costa.
Cuando miro comerciales de jabones para lavarropas, donde el actual siempre supera al de la competencia, me pregunto si no sería divertido algún día hacer la prueba en casa, lavando cada media de un par (con el mismo grado de suciedad, se entiende) con un jabón distinto. Se ve que tan divertido no debe ser, o bien hay cosas mucho más divertidas porque si alguna vez lavé cada miembro de un par de medias en distintas cargas fue porque alguna había perdido su compañero y apareció más tarde, cuando su colega ya se había bañado.
Desde que descubrí que todavía existe la clásica boutique infantil de nuestras épocas, la renombrada "María de Buenos Aires" pienso que sería lindo que María Clara tuviera algún vestido de la misma etiqueta de los que tantos supe tener de chica, aunque sólo fuera por eso. Pero después termino comprándole vestidos en cualquier lado, menos en ése local (pero que conste que muchas veces los talles y los colores me jugaron malas pasadas cuando iba decidida a serle fiel)
Muchas veces que voy manejando por el mismo recorrido de todos los días, de reojo siempre hay algún local que me llama la atención, y me prometo que algún día voy a parar en ése punto y voy a recorrerlo caminando, aunque sea para sacarme la intriga si valía la pena parar y bajarse para eso. Pero el piloto automático es acaparador y todavía no me ha dejado interrumpir el viaje a mitad de camino.
Cuando ando navegando por la web muchas veces me encuentro con páginas que me parecen sumamente interesantes, pero no tengo tiempo de leerlas en profundidad, entonces las guardo... y casi nunca las vuelvo a abrir, salvo caso de extrema necesidad. Entonces me digo debería organizarme para dedicarle una media hora diaria y terminar esa lista pendiente de lectura. Pero se ve que es más entretenido dedicar esa media hora a buscar nuevas páginas para seguir engrosando esa lista, o será se empieza a transformar en una obligación; tipo los apuntes de la facultad, pero el tema es que la lista en vez de disminuir, aumenta.
Por todo lo expuesto hasta el momento cualquiera bien podría concluir que están ante una fracasada importante en cuanto a proyectos sin importancia se refiere. Pero no señores.
Resulta que muchas veces tuve la fantasía esa de tomarme unos días de licencia ordinaria, de esos que no te dejan tomarte en verano y después nunca es el momento. Darme unos días para mí misma, no por viajar a algún lado y sin ningún motivo o plan en especial; sólo para estar en casa, no tener que madrugar y no hacer absolutamente nada.
Bueno, después de haber hecho malabares hasta el agotamiento la semana pasada, me decidí a pedirme unos días de licencia (vacaciones no me parece el nombre más adecuado, o me dará un poco de culpa, no sé). Sin ningún motivo en particular.
Así que aquí estoy, en la noche más linda de la semana que viene a ser el domingo cuando al otro día no tenés que ir a trabajar.
Sólo espero poder descansarlos realmente y sacudirme el cansancio que traigo encima. En unos días veremos si lo logro.
¿Alguien más tiene un proyecto pequeño, de estos que para concretarlos el dinero, el tiempo o las circunstancias no son un problema; y que tal vez precisamente por estos motivos es que uno todavía no los materializó?