
Supongo que esta entrada va a salir bastante antipática, como siempre cuando tengo ganas de decir algo, pero no de escribir.
Resulta que hace pocas semanas leí en el
diario que había una
niñita australiana de dos años que pintaba cuadros que cotizaban en una prestigiosa galería de arte de
Melbourne.
Si bien las artes
plásticas me gustan y mucho, no me atrevo a juzgar si los
óleos de esta bebé son excepcionales o solamente "mirados con cariño y
marketing".
Pero bueno, a
Aelita, la niña en cuestión, en todo caso lo peor que le puede pasar es que cuando sea mayor, sus padres o ella misma se den cuenta que no es tan excepcional como parecía a los dos años. Y es muy triste terminar una carrera así tan joven. Incluso antes de saber que fuiste famoso, elogiado y querido por todos.
No soy quién para hacer
pronósticos: uno porque no me corresponde hacer conjeturas sobre los hijos de los demás, dos porque casos de niños prodigio en el arte no conozco y tres porque si supiera hacerlo bien no los haría gratis.
Pero pensemos:
Shirley Temple, las
quintillizas Dionne,
Gary Coleman,
Macauly Culkin... qué se ha hecho hoy de todos ellos? Ninguno fue brillante de adulto; lo que no sería nada en comparación con lo desastrosos que llegaron a ser algunos de adultos.
Casualmente recordaba una conferencia para emprendedores que brindó el
ex-futbolista
Claudio Marangoni y a la que tuve la oportunidad de asistir, en la que resaltaba todo el tiempo e insistentemente sobre la importancia que los deportistas a los 20 ya vayan pensando en qué van a hacer de su vida porque no va a tardar mucho más de diez años en jubilarse en el deporte. Supongo que la edad me tiene mal ú
ltimamente y será por eso, pero no me puedo imaginar que a esta altura de la existencia una carrera pueda estar más que terminada. De acuerdo, tal vez la plenitud laboral, en lo que al resto de las profesiones se refiere, debería llegar a los 30 también, como llega en otros ámbitos de la vida, y no tener que esperar hasta los 40 largos o 50 para tener la oportunidad de estar en la cima, porque a esa edad ya no te planteas si tener o no más hijos y aparte ya te empieza a doler un poco todo para disfrutarlo (tampoco es que a mi no me duela nada ahora, lo que me hace pensar que a los 50 no voy a estar mejor precisamente). Pero peor es tener que lidiar con una carrera terminada a esta edad; porque quitando ejemplos como el citado
Marangoni o el
rugbier de los pumas
Omar Hasan, ahora dedicado a la lírica (y a hacer publicidades de
Quilmes) no son muchos los que tienen la capacidad de intentar escalar otro podio cuando has tenido que bajar del primero.
Entonces yo no dejo de preguntarme, seriamente, qué mérito tiene querer que los chicos sean
superdotados. Quitando a
Mozart, a quien me olvidé de mencionar como ejemplo, en general los niños prodigio creo que terminan bastante mal. Bueno
Mozart triunfó de grande, pero tampoco pudo llegar a tan mayor pobre, pero ese es otro tema.
¿Es muy
difícil querer a los chicos tal como son, o como corresponde que sean, o sea,
mordisqueando los
Giotto porque todavía no saben muy bien si son para dibujar, para comer o para pisarlos, sin necesidad que sean genios o mejores que otros nenes?
A veces pienso que hay padres que necesitan que el mundo les confirme lo que cualquier otro padre o madre sabe a ciencia cierta, o sea, que su hijo es el más lindo-bueno-inteligente-gracioso-pícaro en todo el planeta.
El tema es cuando los chicos, los padres, el mundo o quien sea se dan cuenta que no están hechos de un material diferente al del resto de los seres humanos.
En este punto se encontraban mis reflexiones al respecto hasta hace pocos días cuando se agregó otro elemento: tal vez no esté tan mal pretender que todo el mundo quiera a tu hijo, definitivamente debe estar mucho mejor que hacerlo conocido por
características que al menos al mundo no le parecen tan simpáticas.
Estaba viendo
Desperate Housewives, donde la nena
Madison De La Garza interpreta a la obesa
hijita de una de las protagonistas. Yo sé, o quiero pensar, que no han engordado a la nena a
propósito para el papel que le tocaba, pero qué sentirá esa nena a ser encasillada como "gorda", con todos sus
clichés encima, por millones de
televidentes en todo el mundo, a la tierna edad de seis años?
Porque una cosa es actuar de nene tonto por ejemplo, cuando fuera de la cámara
podés demostrar que no lo sos, y otra es darte cuenta que seguís con el mismo
cuerpito cuando se apagan las
cámaras y que la sociedad lamentablemente sigue con esas estupideces de discriminación que, además, que de alguna forma con tu cuerpo y tu personaje
ayudás a reproducir. Será que para un semi topo como yo es imposible entender que haya gente para quien es tan importante figurar, de cualquier forma y como sea?