
Días pasados salíamos de almorzar en un restaurante para zambullirnos en la segunda y agobiante mitad de la jornada laboral (lo que cuesta mucho más después de un copioso ágape) cuando minutos antes que empiece una reunión me doy cuenta que no encuentro el celular.
Desesperada, me dispongo a desandar camino (y en esta ocasión encima cuestita arriba) a todo lo que mis piernitas y mi capacidad ventilatoria me permiten, rogando haberlo dejado olvidado y que no me lo hayan robado.
Efectivamente, ahí estaba el bendito aparato. El alivio y la felicidad que debieran haberme durado toda la semana, o al menos unas cuantas horas, a los pocos minutos se transformó en una profunda decepción. Es que a pesar que si me lo hubieran robado (y por segunda vez durante este año) hubiera perdido cientos de datos, al menos tendría la tranquilidad de conciencia que no fue una tamaña estupidez de mi parte.
Esta semana me ofrecieron incluirme en un proyecto que aparenta muy interesante. El detalle es que es a 5 años. Y el primer pensamiento va dirigido a "y a ustedes quién les dijo que yo quiero seguir trabajando acá dentro de cinco años", cuando sé perfectamente bien, porque me pasó hace pocos meses, que si el proyecto es de un año pienso "Claro, a mí proyectos más importantes no tenés para ofrecerme, no?". Y cuando pongo mi cara de nada frente a la oferta, mi repuesta es que muy lindo todo, pero eso a mí debería haberme llegado hace tres años. Aún cuando sé muy bien que en ése entonces hubiera sido imposible para mí aceptarlo.
Hace dos semanas que estoy literalmente sumergida en la trilogía Millennium de Stieg Larsson. La semana pasada estuve dos noches durmiendo un par de horas apenas porque la maldita historia no te suelta. Investigando un poco por ahí leí que el malogrado autor (falleció a los 50 antes de conocer el éxito que iban a tener sus novelas) tenía planeado escribir nueve. Entonces a uno le entra una bronca tremenda de por qué gente así tiene que morir joven, cuando todavía tiene tanto para brindar. Aún cuando sé que si en vez de tres hubieran sido nueve muy probablemente no me hubiera embarcado en la empresa de leerlas.
Y también maldigo que las haya encontrado a las tres juntas lo que me permite hacer gala de mi poder de enviciamiento en su máximo esplendor (o sea, hasta que no termino, no paro). Todo esto sin olvidar ni por un segundo la sensación de desamparo que me invadía cada vez que terminaba un volumen de Harry Potter y sabía que faltaban como dos años para tener en mis manos el siguiente.
Estoy terminando de convencerme (de una buena vez) que las cosas buenas empiezan a pasar cuando dejás de esperarlas. O sea que la única forma de conservar las esperanzas es perderlas por completo. Y eso ya es muy complicado hasta para mí.

























































