
Podría publicar una hermosa y colorida entrada describiendo el acto de fin de curso. No lo voy a hacer principalmente por el siguiente motivo: este espacio surgió por la necesidad de decir algo original de vez en cuando, y con la objetividad e imparcialidad que me caracterizan, especialmente como madre, no hay ninguna novedad ni sorpresa en informar que María Clara fue la estrella absoluta del evento. La más linda, la más graciosa, la más brillante, la que mejor actuó, la que mejor se portó, la que tenía el disfraz mejor hecho (aunque todos los haya hecho la misma modista), las ballerinas más lindas, y la más, más, más... lo que se les ocurra. Por supuesto en eso no hay ninguna novedad, ya se sabía. Que tal maravilla sea hija de quien suscribe es una pura y casual coincidencia.
Esta vez las novedades no estuvieron del lado del jardín, sino de lo que podríamos denominar las hierbas. Las otras hierbas, o yerbas (no quiero usar éste porque desde el momento en que no simpatizo mucho con el mate, lo haría peyorativo en sí) se componen del público presente, y lo que puede inferirse de él.
Por empezar, a pesar de todas las reservas que pueda tener respecto de las maestras jardineras, debo reconocerles dos cosas: la primera es la más importante y es que se nota que los chicos están muy cuidados y contenidos por ellas, porque a diferencia de lo que recuerdo de mi propio paso por el jardín o de lo que escucho de otros, no hubo ni un sólo nene que no quisiera subir al escenario o lo hiciera llorando, y multiplicado por alrededor de 100 nenes, es mucho decir. Por otro lado, si es que estas nobles mujeres eligieron su profesión porque después de dos o tres años de jardín (que es la cantidad de salas que se estilaban hace veinte-treinta-cuarenta años) aún se quedaron con muchas ganas de saltar en un escenario vestida de conejo o cantar canciones infantiles, hay que reconocer que encontraron la forma ideal y socialmente valorada de poder hacerlo; a diferencia de padres, abuelos y tíos que se desquitan haciendo lo mismo (o casi) fuera del escenario. No exagero, una hasta las orejas de conejo tenía.
Siguiendo con las otras (o directamente malas) hierbas, imaginen si multiplicamos la cantidad de alumnos por padres, abuelos, tíos, padrinos, primos, amigos, etc. Es un número considerable, tanto que conseguir ubicación para todos era prácticamente una misión imposible. A esta altura, todavía no entiendo cómo las autoridades del colegio no calcularon que gran cantidad de éste público no necesita asiento porque a pesar de reiteradas y amables solicitudes de silencio y orden siguen parándose a bailar al ritmo de música circense como si el objetivo fuera llamar la atención de sus hijos actuando sobre el escenario y no al revés. Señora mamá: ya sabemos que es muy aplicada, podemos apreciar que ya adquirió la capacidad de saltar en un pie y aplaudir al ritmo de la música, nos dimos cuenta que se aprendió toda la letra del concert aunque su pronunciación en inglés sea tal que no le vaya a ayudar a su crío en el futuro escolar, pero en cualquier caso, por favor, no le robe cartel a su hijo!
Otras malas hierbas que asfixian al público: Los padres digitales. Recuerdo la primera vez que viajé a un destino turísticamente internacional, en la era previa (muy, muy previa) a las cámaras digitales, lo que más nos había llamado la atención a mi hermana y a mí era ver a los japoneses, cuya ocupación no parecía ser pasear, sino sacar fotos y filmar. Con mi papá llegamos a la conclusión que en vez de viajar por placer, a los japoneses en realidad les debía resultar indiferente o hasta lo llegaban a padecer, pero hacían el sacrificio con el único objetivo de obtener fotos para deleitarse después.
Eso mismo sospecho de ésta generación de padres. ¿Tan poco confían en su retina que tienen que grabar hasta el discurso del nieto de uno de los primeros alumnos del colegio? (y eso que, hablando de retinas, la miope soy yo). Los nenes de esta generación van a necesitar otra vida para ver tantas fotos y tantos videos, si es que algún día les interesa hacerlo.
Sumando las dos situaciones anteriores nos encontramos con que tanto te preocupás por tranquilizar a tu vástago frente a esa situación nueva y caótica: "Cielo, mirá voy a estar en la tercera fila, al lado de papi, de los abuelos, de la tía...." cuestión que si le llega a agarrar pánico escénico sepa para dónde enfocar, o si quiere valorar cuánto brilló sobre el escenario lo mismo. En cambio el 80% de los pobres nenes se van a encontrar con su madre y/o padre embelesado no mirándolos a ellos sino su camarita (¿para qué verlo en vivo y en directo si podés hacerlo a través de un mini pantalla de, con suerte, 2.7 pulgadas?) o enajenado cantando, bailando y haciéndole la competencia.
La verdad es que si yo no los soporto ni un ratito, no me quiero imaginar las pobres docentes. Otra vez, mil y mis felicitaciones para ellas. Ahora, visto y considerando el público asistente, una sugerencia: ¿Sería muy difícil que cada nene además de su disfraz porte también un cartelón con su nombre, apellido y filiación completa? Así entre 15 tigres o 25 payasos uno puede distinguir más o menos al nieto, sobrino, hijo de, hermano de compañeritos, etc; y de paso evitamos los cotorreríos en sus diversas variantes:
- Estilo indicativo (en general se da de mujer a hombre): "Mirá a Irina... es la tercera desde la derecha... no, esa no, la tercera te dije... ahora es la segunda desde la izquierda... sí, la que tiene un rulo sobre la frente... y el lunar!!! no te das cuenta! esa... la está disfrazada de payaso" (junto con otros 19 payasitos)
- Estilo biográfico (favorito de las abuelas, tías abuelas, y señoras grandes en general): "Ese es el sobrino nieto de la amiga de Rosalba... no, no de la hija que es cardióloga, sino de la arquitecta... sí, esa que cuando era chica bizqueaba, pero después de grande se puso linda... sí, ella, pero no, al final no se casó con el belga, qué desperdicio... al chico lo tuvo con un empleado del padre, un vivo... no sé creo que ni siguen juntos... qué rico el nene"
- Estilo "selección de embriones" (específico de familiar con pretensiones desmedidas) : "¿Te parece que el de la punta es Laureano? no, seguro que no, el hijo de mi sobrina es más alto, y más rubio, y más flaco... además es super inteligente, no lo pondrían en la punta, ahí ponen los que no hay forma que aprendan la coreografía, Laureano es el medio, mirá bien... si el protagonista, seguro es ése" (y, vaya casualidad, todos los familiares que se pueden permitir un grado de duda, se agencian como parientito al nene del medio, tanto disfraz ayuda y mucho)
Cerrando el capítulo de malas hierbas, brevemente recordemos algunos modales que no son del todo adecuados para subir al escenario para acompañar a tu hijo de cinco o seis años que termina jardín:
- Ir en short, aunque sea o de Escada, no va;
- Quedarte en primer plano en plan sesión de fotos para revista Chacra cuando ya llamaron al nene que sigue no va,
- Cargar tus pestañas con tres litros de rimmel sabiendo que vas a llorar como si tu hijo en vez de terminar preescolar hubiera repetido, no va;
- Vestido de fiesta no va (los únicos autorizados para disfrazarse eran los nenes, se sabe)
- Subir con tu bebé de meses que llora como un descosido no va (especialmente cuando convocaste a toda la familia con hasta cinco grados de parentesco);
- Ombligo al aire, aunque haga calor y vayas a parir mañana, no va;
- Ponerse a filosofar sobre los beneficios de la toería piagetiana o cuánto bajó el merval, total a tu hijo ya le dieron el diploma, no va;
- Enviar sms mientras esperás que llegue el turno del tuyo, tampoco.
Llegado a éste punto es una suerte, y no ya sólo para mí, que no haya otro acto tan multitudinario hasta dentro de un año.
Pero reconozco que en el fondo soy humana, y si tuviera otro carácter seguramente me hubiera llorado la vida, y otra media más también. Por las dudas, no usé rimmel.