Un paréntesis de la onda positiva
no porque no siga, sino porque por hoy se impone una pausa.
Curioso que sea el mismo día
que debutó oficialmente el otoño.

Amor-amor tía-sobrina
El año 2000 comenzó en forma extraña. Venía de un 1999 en el que había tocado el cielo con las manos y hundido en las profundidades de un fiordo noruego, y todo en menos de una semana. Por supuesto que hoy pienso que ambas expresiones son por demás exageradas, pero intento relatarlo como lo viví en ése entonces.
Ése verano hubo muchas vacaciones, muchos sociales, la familia sacudida por el primer divorcio (horror-horror, igual que en el caso anterior, la expresión cabe sólo porque no sabíamos los que vendrían luego), se me ocurre que había mucha energía, supongo que no había que olvidar que también estábamos todos (o mejor dicho, la mayoría, como corresponde por el sistema democrático nacional) bastante optimistas con el fin del menemismo y supongo que con la euforia del número redondito en general.
Ese era el clima de hace justo diez años, sumado a un tema de salud que me había tenido bastante preocupada, y que afortunadamente acababa de descartar. No la felicidad completa, pero digamos que le poníamos garra, al menos es la sensación que me queda de esos primeros meses de ése año antes que todo cambie.
Hoy hace diez años de la muerte que más me dolió. En alguna oportunidad hablé de mis tías, mis tías sin hijos. Esta era una de ellas, y casi parte de nuestra familia nuclear. Dolió por eso y porque se fue sin despedirse. Por ahí es mejor, o no, en realidad creo que no hay mejor ni peor en estos casos. Algunos años antes había fallecido la única abuela que me quedaba (cuando nací tenía dos abuelas y una bis, o sea tres, cuando uno es chico no le busca tanto la lógica a la genealogía) en un proceso muy lento, que duró casi dos años. Los últimos tiempos fueron difíciles. Cuando finalmente falleció, otra tía (ex tía hoy en día, por lo que se hablaba más arriba) comentó algo así como "ella sufrió para que nosotros no tengamos que sufrir ahora". Como en un nacimiento, supongo, sea antes o después pero dolor siempre va a existir.
Yo pensé que después de diez años uno dejaba de extrañar, pero se ve que no, a lo sumo se extrañará un poco menos.
Además de extrañar, emocionalmente hablando, también me empezaron a extrañar aspectos de su vida. Si bien en ése entonces yo ya tenía 23 años, había muchas cuestiones que me parecían naturales y ya no.
Por ejemplo nunca se me ocurrió preguntarle por qué no se había casado nunca. Pocos meses después que falleciera, me entero (a través de mi mamá que le cuenta a una amiga nuestra o sea, evidentemente en esta familia algún problema de comunicación hay) que cuando la tía era joven "le habían elegido" un novio de una familia conocida, como se estilaba en aquella época (estamos hablando de fines de la década del 40 o principios de la del 50). Entre ambos jóvenes (adolescentes diríamos hoy) ya había nacido cierta simpatía mutua, cuando este muchachito no tiene mejor idea que dejar embarazada a otra chica, se casa con ella y ahí terminó la cuestión.

En la quinta con una prima encaramadas a los arcos de pino, allá por los años 40
Si a éste hecho le sumamos que un hermano le comió todos los ahorros de su vida en un momento y otro "hizo que le tuviera que regalar" un departamento de su propiedad me pregunto si no habrá pensado que ya nada bueno iba a obtener de los hombres.
Cómo decía, al final nunca se casó ni tuvo hijos. En realidad en esa época si no hacías lo primero era muy difícil lograr lo segundo. Repito, eran otras épocas.
Su último hermano nació cuando tenía unos 14 años y casi que fue más su hijo que de mi abuela; a pesar de haber quedado como la única mujer de los hermanos; y a pesar de que cuando nació quería devolverlo porque no era nena. Para ése bebé hizo comprar cuna y cochecito nuevo (en esa época se estilaba que el mismo sirviera para todos los hijos de la familia, y estaban diseñados para tal fin) le eligió el colegio ella, distinto del que habían ido los demás hermanos, lo mandó a la cultural inglesa desde los ocho años y movió cielo y tierra para que tuviera sus propios ingresos y no tuviera que trabajar en relación de dependencia, aunque ella siempre lo hizo así.
Entre él, y sus sobrinos luego, tal vez logró conformar un poco su instinto maternal.
También me quedé pensando en esta última cuestión. Hay que poder ser tan tía sin interferir con la madre de las criaturas; mucho más difícil cuando éstas últimas son cuñadas y no hermanas. Aunque mi madre la criticaba (y nunca viceversa) la relación fue siempre más que cordial entre ambas; y no recuerdo que pidiera mucho permiso para hacer y deshacer con nosotras.
A lo largo de todos esos años, y si bien en esa época gozábamos de vacaciones kilométricas, y parte de las cuales compartíamos, nunca faltaba que antes o después de las mismas (o antes y después) me fuera de vacaciones unos días a casa de la tía. De más está decir que vivíamos en la misma ciudad y que durante el resto del año el contacto era más que frecuente.
Muchas veces llamaba la atención, sobre todo porque no había chicos de mi edad. Supongo que se trataba de tomarme vacaciones de mi familia, en definitiva. Ni rozongos por parte de padres ni peleas con hermana, aunque algunas veces ésta me acompañaba.

Entrando al barco para cruzar a Uruguay (se ve que ya era mi destino)
Eran unos días para chicas solas, para conocer restaurantes, hablar de otra época, mirar fotos viejas, pasear, sentirme una princesa a la que la empleada preguntaba "qué va a desayunar la niña hoy".
En una de esas vacaciones-de-mi-familia me llevó a la peluquería donde por primera vez me plancharon el pelo (no era algo tan común allá por 1985), también me inició en el vicio de la manicura y en el amor a los cosméticos de Helena Rubinstein cuando el resto de las chicas todavía suspiraba por los colorama y los brillitos de labios con sabor a frambuesa del bosque o algo similar. Si al menos hubiera sabido la debacle que se venía y lo que me costó entrar en abstinencia de tales productos poco después.
Otra cosa de la que me enteré después que falleció: mi hermana me dijo que yo era la favorita. La verdad nunca lo había sentido así (al menos para disfrutar de ser la favorita alguna vez), y es otra de las cosas que no estuve atenta en su momento para saber si era realmente así; reconozco que para esto ser la más chiquita de todos los sobrinos ayudaba y mucho. Ojo, que para las comparaciones, también. No es que sea muy importante saber si era verdad o no lo que dijo mi hermana, simplemente no me la imagino haciendo diferencias. En cuanto a lo demás, hay que reconocer que existen las compatibilidades y que yo le dedicaba mucho más también. Pero me sigue llamando la atención que mi hermana estuviera celosa de mí respecto de algo. Todo un descubrimiento.
En ése tiempo que solíamos pasar juntas, me inició en el arte de disfrutar la revista HOLA!, el Selecciones del Reader´s Digest, aCronin, L.M.Montgomery, Jorge Isaacs, y sus libros de cabecera "M´hijo el dotor" y "Las llaves del Reino". Sobre todo del primero hoy me pregunto por qué. Cuando le pedías libros prestados su única condición era que "Las llaves del reino y M´hijo el dotor devolvémelos, el resto si querés quedátelos". Y lo decía en serio. De más está decir que me quedé con buena parte de su biblioteca (incluyendo, por supuesto, los citados ejemplares).
Huelga mencionar que bastaba con nombrar la primera sílaba de algo que uno anhelaba mucho para que antes de terminar de pronunciar la palabra entera ella ya te lo hubiera comprado.
Ojo, carácter no le faltaba: intentó conmigo otras técnicas un tanto discutibles como perderle el miedo a las palomas yendo al parque con una tonelada y media de alpiste, curar el asma con algo parecido a las flores de Bach o medio homeopático de dudosa procedencia, ahora que lo pienso; llevarnos a un profesor del conservatorio nacional a ver por qué poníamos la mano como empanada para tocar el piano o probar clases de flamenco. Incluso fue ella la que nos mandó a aprender a manejar. Si es por mi papá no aprendíamos nunca y a mi mamá le resultaba indiferente la idea. Varios años después me enteré que tenía esta fijación con que aprendiéramos a manejar desde chicas porque la primera vez que salió sola con un auto se quedó sin nafta, tuvo que llamar a uno de sus hermanos y no se animó nunca más.

Orgullo "tial" (¿por qué no, si existe el maternal?) junto al piano que posibilitaba las
vacaciones-de-mi-familia sin atrasarme en tan odiosa rutina
Sin embargo, supongo que se condice con la independencia que la caracterizó siempre.
Cuando tenía poco más de ocho años, un día le pidió a su madre que le dejara la plancha caliente para repasarse el delantal escolar. Resulta que tenía una compañerita, miembro de la más alta alcurnia argentina (¿existe tal cosa en realidad?) a la que todos los días le ponían un delantal impecable y extra almidonado. La tía no quería ser menos, y como en una casa con tanto varón no tenía mucho quorum para los delantales con las tablas paraditas con apresto se decidió a ocuparse ella sola. Lo que pobre no pudo calcular es que en una casa tan llena de hombres, por años cada vez que alguien necesitaba de urgencia una camisa, un pantalón o hasta un pañuelo era la indicada para planchárselo. Planchaba en forma admirable eso sí.

Poco después de terminado el liceo (en esa época las chicas no hacían la secundaria, iban al normal o al liceo), y el conservatorio, algo tan inútil como indispensable en esa época; se dispuso a seguir una carrera universitaria. Lamentablemente no logro ubicar si éste hecho se produjo luego de su semi-ruptura amorosa o antes. En ese momento las muchachitas no eran tan bien recibidas en la universidad y mucho peor era recibía la idea por parte de los padres. Por lo tanto, cursó meses, no logro recordar si no llegó a completar más de un año así, argumentando que iba a visitar amigas o a mirar vidrieras. Hoy en día las chicas en general hacen al contrario, pero esa es otra historia. El problema se le presentó cuando empezaron las prácticas y exigían que fueran vestidas con guardapolvo y zapatos blancos. No le quedó otra opción que sincerarse: "Papi, estoy yendo a la facultad, me piden delantal y zapatos blancos. Delantal tengo el del colegio, todavía sirve, pero zapatos no...." Hay que reconocer que supo a cuál de sus padre dirigirse en forma exclusiva, y el modo de hacerlo con lo cual obtuvo una cifra cercana al equivalente a una docena de zapatos y delantales.
Apenas recibida (esto es durante un lunch que se hacía como despedida de pasantes) le ofrecieron su primer trabajo. Y desde ahí que no paró. Llegó a tener dos trabajos incluso, pero tuvo que dejar uno cuando la madre se enfermó porque "siempre tiene que haber una mujer en casa" y por una cuestión de horarios tuvo que ser el que más le gustaba de los dos. Ya jubilada, lejos de sentir rencor por la parte que le tocaba por ser mujer reflexionó que "mejor así, tuve que esforzarme más y supongo que llegué más lejos de lo que hubiera llegado si me hubiera podido quedar con el otro".
Sin falsa modestia, se enorguellecía que todo lo que había logrado a nivel laboral fue por mérito propio y no por ningún acomodo, que en ése ambiente era más que habitual.
Hoy muchas veces pienso en eso, y aunque me queje en varios idiomas y siga sin ser justo que otros obtengan las cosas de arriba, al menos agradezco que sé lo que es sentir la satisfacción que aunque los logros sean muy pocos, son nada más que míos y no le debo nada a nadie.
Entre sus logros también se contabilizan sus amistades (ininterrumpidas desde el momento de su inicio, algunas desde el colegio... otra que facebook!), haber podido conocer el círculo polar ártico (tenía una fijación con el tema, supongo que siempre tenía calor... y por supuesto fue sin campera! - era verano, eso sí), ser elegante sin teñirse el cabello (otra cosa que vivía como natural y hoy me pregunto por qué siendo tan coqueta cómo era se negaba terminantemente a teñirse) y llevarse bien con casi todo el mundo (cualidad que evidentemente no heredé o no me transmitió, y eso sí que me hubiera servido mucho más para la vida que aprender a distinguir el cuero de verdad de la cuerina, como por supuesto me enseñó).

La última foto, natural, un mes antes.
Una última cuestión que me llama la atención diez años después. Durante años, muchísimos, una vez por semana iba a un grupo de estudio de la Biblia. Los últimos años no fue más. Ahora por más que lo pienso, no me acuerdo haber hablado gran cosa de religión con ella. Iba a la misma iglesia que nosotros y punto. Hoy me pregunto si fue una persona de mucha fe, si al final se desilusionó o después de tanto tiempo ya sabían más las alumnas que la catequista; o si era una excusa para pasar el tiempo y reunirse a tomar el té y comer cosas ricas. Hoy me hubiera gustado preguntarle qué pensaba de todo eso.
Como evidentemente intenciones de resumir no tengo (aunque de más está decir que para una vida sí es más que una síntesis) sería totalmente ilógico que terminara con un "para resumir"; pero digamos, para cerrar, una anécdota y una frase que la representa por completo:
En una ocasión, estando de vacaciones recorriendo España con una amiga, pasan una noche con la familia de esta última. A una prima de esa casa le bastaron esas pocas horas para calarla a fondo (convegamos que los españoles para esto son genialesson geniales) y obsequiarle a mi tía como recuerdo - consejo una mayólica, que conservó en su escritorio hasta el final, que rezaba:
"Gástate en juergas y en vino lo que has de dejar a tus sobrinos"
A esta altura, huelga decir que jamás le hizo caso.
Como la cargábamos con otra frase popular: "A quien Dios no da hijos, el diablo le da sobrinos"