¿Era yo la que me quejaba de cómo había empezado el año pasado? ¡No sé de qué! En esta familia sí que sabemos divertirnos. Lo digo en serio, anoche mandamos a la parrilla a todo bicho que caminaba, probamos uvas en todas las versiones imaginables, malbec, cabernet, chablis, pinot noir, pasas rubias, negras y frescas. Prendimos estrellitas, bengalas, cañitas voladoras (y demás pirotecnia a la que yo no me acerco).
Sin que esos excesos tuvieran nada que ver (o eso suponemos) a las cuatro de la tarde estaba tratando de mantener la atención de mi papá esperando que Facundo acercara el auto para llevarlo al hospital.
Y para mantenerlo conciente, buscaba desesperadamente temas que le pudieran interesar, sin entristecerlo, y no encontraba ninguno: autos no, porque hace algunos meses le prohibimos que siguiera manejando y todavía llora a su adorado auto, de los tiempos de la quinta lo mismo, de las buenas épocas de Pinamar mucho menos porque esta era la fecha exacta en que solíamos ir para allá. Recordar a su madre y hermana también lo iba a poner triste; incluso un día como hoy podía pasar lo mismo con nuestro perro, que pasó a mejor vida hace unos años.
Realmente me desesperaba porque sentía que mientras trataba de aferrarlo a la vida, no había ningún hilo, ningún cable que lo mantuviera conectado a este mundo. Claro, la esperanza nunca se pierde... por qué no hablarle de María Clara?
Gracias hijita por ser el hilo conductor para mantener a tu abuelo conectado con este mundo.
De más está decir que cuando llegamos a la guardia parece ser que el problema proviene de un cablecito del marcapasos
domingo, 1 de enero de 2012
jueves, 29 de diciembre de 2011
Sin rumbo
Si yo fuera una persona... digamos normal, hoy probablemente publicaría una entrada parecida a esta:
Gané, gané ganeeeeeeeeeeeeee!!!!!!!!!!!
Me aprobaron el proyecto!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Vivaaaaaaaaaaaa!
Siiiiiiiiiiiiiii!
Etc, etc, etc (se darán cuenta que no sé escribir entradas así)
___________________________________________________________________
Bueno, pero como no soy normal, si es que existiera alguien normal, claro (cosa que yo no creo en verdad) la entrada tiene otro tono más bien.
Sí, lo de mas arriba es verdad: me aprobaron el proyecto.
¿Estoy feliz? Por la plata sí, por supuesto. Por el logro también. Incluso por no verme de patitas en la calle, porque si bien podría estar sin trabajar, con la situación del país como está no podría relajarme y disfrutarlo. Más aún debería sentirme feliz porque mi jefa al cuadrado no consiguió su objetivo de echarme.
¿Por que no estoy enteramente feliz entonces? Porque deberé volver a ver a mi jefa, jefa al cuadrado y todo su séquito todos los días nuevamente (hacía seis meses que no pisaba el sector). Porque en dos o tres años puedo verme lo mismo de patitas en la calle. Porque se me reducen las vacaciones a dos semanas. Porque no es el trabajo de mis sueños tampoco. Porque calculo no voy a tener tiempo ni de pestañear. Porque deberé volver a ver a mi jefa, jefa al cuadrado y todo su séquito a diario nuevamente (sí ya sé que lo puse primero. Pero con una sola vez no alcanzaba).
Tampoco es que estoy triste, sólo actué un poquito para jefa al cuadrado... que terminó cuestionando mi salud mental por no estar feliz. En cualquier caso, si mi salud mental se fue a pasear se podría preguntar por culpa de quién fue que hizo abandono de hogar no?
De momento me tomo las cosas con mucha calma, si bien el proyecto está aprobado aún no han comenzado a pagarme, con lo cual sigo en el antiguo régimen por ahora, y tampoco sé hasta cuándo, cuestión que uno pueda organizarse.
Por de pronto ese es mi año nuevo por ahora. De nuevo promete tener bastante. Esperemos que de buenas nuevas y no malas.
Si no vuelvo a escribir hasta el año que viene (como si este año hubiera escrito tanto, ja!) sólo decir que creo que se repiten mis deseos del año pasado. Hice un recuento y creo que se cumplieron a medias: Faltar no falta nadie importante, y eso es lo mejor. Salud, se quedó bastante corto (aunque podría ser peor). Dinero... en fin, ya hablamos casi todo el año de eso no?
Y por supuesto, los mejores deseos para los amigos de la casa
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viernes, 23 de diciembre de 2011
¿Fin de año... o fin del mundo?
De chiquita diciembre era un mes que me encantaba. Por un lado, la vida estaba estructurada en enero y febrero playa, y de marzo a noviembre colegio. Diciembre era algo así como el nirvana, algo sostenido desde ningún lugar.
Por otro lado, tenía el sabor del deber cumplido, los preparativos para las fiestas, y mucha pileta.
Después uno va creciendo y en la facultad diciembre se va contaminando con los finales. Y más tarde uno empieza a trabajar y lejos de la sensación del deber cumplido, uno siente que tiene más trabajo que el resto del año todo junto. Y para colmo, de pileta casi nada, sólo el calor, el tránsito insoportable y tener que estar presentable con más de 30º... claro que calzarnos la malla tampoco nos hace demasiada gracia a esta altura del partido.
Independientemente que algunas cosas han cambiado, como ver chicos en uniforme escolar a esta altura, lo que me parece ilógico y casi irreal, para mí por lo menos diciembre dejó de ser ese mes idílico para transformarse en una serie de compromisos, que paso a detallar:
1.- Nochebuena: este año decidimos reducir los regalos a lo mínimo indispensable. Me cansé del estrés de comprar regalos para todo el mundo para que después te pregunten dónde se cambian y cuándo, que no tienen el ticket de cambio... y todo para recibir un mate muy coqueto... con el detalle que no tomo mate. Unos aros super divinos... de fantasía... con el detalle que esos aros me dan alergia. Y los aros no te los cambian... un libro de Coelho.... que no me gustan pero siempre termino pensando que mejor lo leo para ver en qué pensaban para regalármelo... y cuando lo termino, todavía no me doy cuenta (o no quiero darme cuenta)... un set de velas (con una niña de menos de cinco años en ese entonces) una remera hermosa... hasta que mi madre detalló la fortuna que había pagado por ella y lo que había caminado para conseguirla (nada es gratis en esta vida, evidentemente). Así que prefiero auto-regalarme y listo... al menos lo disfruto más. Pero bueno, una reunión de más de 30 no es "Noche de Paz" precisamente. Al menos no en una familia como la nuestra
2.- Navidad: En rigor, hacemos la digestión, tratamos de curarnos la resaca (ojalá) y chapoteamos un poquito si nos dan las fuerzas... lamentablemente es frecuente que alguno tenga la mala idea de hacernos una visita
3.- Nochevieja: Como hacemos todo al revés, pasamos más tranquilo año nuevo que nochebuena... eso de tranquilo es relativo porque en general me toca recibir a mí aunque sea poca gente (en casa poca gente es aprox.10) El hecho de pensar que se me fue otro año tampoco me ayuda demasiado.
4.- Cumple de mi madre: siempre dice que no lo va a festejar y siempre lo termina festejando igual. Así que además de organizarlo, hay que organizarlo a las apuradas
5.- Muestra de danza de MC: bailaron tan lindo que no entiendo por qué no la hacen, mínimo, una vez por mes
6.- Muestra de danza de amiga e hijas de amiga: en fin... debe ser que no baila mi hija, pero digamos que lo intentaron.
7.- Muestra de reggaeton de otra amiga: En fin... uno se pregunta por qué éramos amigas (como diría Susanita)
8.- Muestra del conservatorio del sobrino-nieto-de-una-amiga-de-mi-suegra: En fin... creo que debíamos ser los únicos que no teníamos ningún familiar en ninguno de los ensambles (estoy mala, lo sé)
9.- Muestra de canto de otra amiga : no sabía que había bares exclusivos para eso! Ni tanta gente que estudiara canto
10.- Muestra de canto de otra amiga más: En este caso era un coro y estuve casi un tercio de función tratando de ubicarla y otro tercio confundiéndomela con otra mujer.
11.- Muestra de arte del taller de MC: Al menos uno puede recorrerla a su ritmo Bien por los peques igual!
12.- Concert en el jardín de ahijadito: Nunca me arrepentiré lo suficiente de no haberle insistido más a mi comadre de que lo anote en el mismo colegio de MC... si son casi lo mismo!
13.- Ir a ver actuar a un amigo: Mea culpa, tenía todo el año para hacerlo. Al menos fui antes que que dejara de actuar en esa obra.
14.- Cena de fin de año con amgas I: Lindo
15.- Cena de fin de año con amigas II: Lindo también
16.- Fiesta de trabajo II con clientes: Nunca entendí bien eso de juntarse teóricamente por placer cuando apenas lo hacemos por obligación. Y encima este año en un lugar que lejos es poco. Al menos hubo buena comida. Pero había que ir vestido de blanco. Sin comentarios.
17.- Fiesta de fin de año del trabajo de F.: Digo yo una cosa, por qué él zafa de lo lindo de las fiestas de mis trabajos (suelen ser sin cónyuges) y yo nunca zafo de las de él?
18.- Almuerzo con el grupo de los 7 en trabajo I: Costó tanto organizarlo que hubiera sido más fácil si veníamos de siete paises diferentes
19- Llevar a MC a la pediatra: No entiendo por qué a esta edad todavía insiste con controles semestrales. Descubrí que está embarazada. No sé bien por qué pero no me cayó nada bien (si a alguien se le ocurre por qué, que me lo explique)
20.- Ir al Oftalmólogo: mea culpa, tenía todo el año para hacerlo, pero se impone para no perder el par de lentes gratis
21.- Ir a la dermatóloga: ídem, podría haberlo hecho a lo largo del año, pero en diciembre coincide que ninguna de las dos estamos de vacaciones y que yo estoy aceptablemente bien depilada para hacer gala de todos mis lunares.
22.- Bautismo de nieto-de-otra-amiga-de-suegra: Sí, tampoco es que se lo festejan con el añito, así que no entiendo por qué en esta fecha precisamente...
23.- Santa Lucía: Ir aunque sea un rato cortito. Digo yo una cosa, no podrían haberme elegido un nombre cuyo santo fuera no sé... en marzo por ejemplo (junio tampoco sirve porque es mi cumple!)
A esto se le suma lo que todavía falta:
- Cumple de prima: se ve que la madre leyó en algun Para Tï eso de que no había que unificar festejos, pero nosotros no tenemos la culpa que se le haya ocurrido encargar un bebé para ese entonces, como para volver a juntarnos entre navidad y año nuevo
- Cena con amigas de trabajo II: esta vez sin clientes!
- Entrega de informes en trabajo I: ¿A quién se le ocurre que además de cumplir con tanta joda uno tiene que trabajar más que el resto del año?)
Y lo peor es que no cumplí con todo, sino que hay otras cosas que suelen entrar o deberían entrar en diciembre:
- Concert del cole de MC: fue en noviembre (Espectacular)
- Entrega de informe final del colegio de MC: También noviembre (y también espectacular, tanto el informe, como que hay sido en noviembre)
- Compras: como decía más arriba, la cuestión regalos está mucho más acotada este año. Comprar para MC no me cuesta (en general) y lo que es yo no necesito nada, así que lo que me compre será por placer
- Fiesta de fin de año en trabajo I con clientes: Este año no realizó (la primera vez que hacen algo coherente en esa empresa)
- Cena de fin de año con gente de mi sector en trabajo I: No me invitaron, por segundo año consecutivo. No se imaginan la amargura que tengo.
- Neumonólogo: queda para enero, ya fue destronado unas tres veces, la secretaria debe odiarme
- Cortarme el pelo: también queda para enero. Por mucho que lo necesite y pueda facilitarme la vida, ni anestesiada me meten en una peluquería en esta época del año.
- Limpieza general: Queda para enero (yo sí que sé divertirme)
- Año nuevo: Es en enero!
Menos mal!
¿Soy la única que se estresa tanto en esta época del año?
lunes, 5 de diciembre de 2011
Rumbo al desempleo 9: Esperar
Tenía una profesora en la facultad que una vez planteó algo que me resultó muy interesante. Preguntaba si la espera, la pura espera, existía y en caso de existir, qué difícil era encontrar un ejemplo.
Podríamos clasificar a los esperadores en las siguientes cateogrías:
1) Los derrotistas. Parecen los esperadores en su estado más puro, pero engañan. En realidad la espera los encuentra a ellos, simplemente porque en esa actitud son presa fácil de las esperas.
2) Los contrafóbicos: Con tal de no sentir que pierden el tiempo se llevan un libro, tres revistas de crucigramas, otras tantas de sudokus, esmalte de uñas, algún trabajito de costura, o el tejido; además responden mails, pagan cuentas por internet y hasta cumplen con hacerle el llamado semanal a la tía bisabuela.
3) Los indignados: No importa que quejarse no sirva para reducir la espera, al menos llenan ese tiempo con algo. Tampoco es una espera propiamente dicha, ya que como dice el famoso refrán "el que espera desespera". Sí, la bocina del auto es la voz de queja más potente que existe actualmente en el mercado. Con la ventaja que no dice incoherencias como las señoras en el supermercado o en la sala de espera del médico.
4) Los observadores: también parecen esperadores de raza, pero no nos engañemos. Suelen extraer increíbles enseñanzas de estas observaciones. Es así como el esperador-observador tiene muchas chances de elegir la caja que avanzará más rápido en un supermercado, sabrá identificar con unos valiosos segundos de anticipación el momento en el que un niño estallará en un berrinche (y mudarse a otro planeta, como mínimo). También sabrá cuánto es el promedio de propinas que se está dejando ese día en determinado restaurante; y hasta tiene un gran sentido de la moda, ya que en su imaginación le ha cambiado la ropa, el peinado y los accesorios a casi todas las personas que lo rodean.
5) Los dormilones: Calculo que no necesita explicación. Aunque podría encuadrarse dentro de la categoría de los contrafóbicos: ¿qué mejor manera de aprovechar el tiempo?
6) Los veraneantes: También aprovechan el tiempo, pero se diferencian de los contrafóbicos en que no les angustia esperar, sino que precisamente estaban buscando ese espacio en blanco para lo que sea: descansar en una sala de espera, charlar con las otras personas en la fila del banco (si fuera tan tedioso esperar en la fila del banco estarían haciendo la transacción por internet en la gran mayoría de los casos, que bien es lo mismo), para no ser los primeros en llegar a una fiesta en la que no conocemos a nadie o para espiar en la mesa de al lado a ver de qué se trata en realidad el daube de boeuf à la provençale
Ahora bien ¿A santo de qué viene esta clasificación en esta saga? Simplemente a título de que hace casi seis meses que empezó mi lío en el serpentario, y más de cuatro que presenté el proyecto en cuestión. Y sigo esperando.
Y también sé que en breve se definirá, y ahora me entró esa ansiedad de pensar que al menos es más segura la incertidumbre actual que lo que me espere una vez que conozca el resultado. Y entonces me parece que esperar no es tan malo... si existiera la espera, claro.
Yo he pasado en mayor o menor medida por todas esas instancias, ,ya sea una espera de minutos en la caja del super o de meses en el trabajo. Y también más de una a la vez, como por ejemplo llevar todo como una buena contrafóbica, y después quedarme dormida, o terminar de adivinar a qué colegio va cada niño a través del uniforme. También tecleo sobre el volante (si no toco bocina es porque principalmente me molesta a mí) sabiendo que esa barrera es imposible, y aún sí elegí el camino que incluye esa barrera. Puedo ir con total resignación a hacer media hora de fila en la caja del supermercado y terminar charlando con la señora de adelante... o redactando mentalmente un post.
¿Y ustedes qué clase de esperadores son?
Podríamos clasificar a los esperadores en las siguientes cateogrías:
1) Los derrotistas. Parecen los esperadores en su estado más puro, pero engañan. En realidad la espera los encuentra a ellos, simplemente porque en esa actitud son presa fácil de las esperas.
2) Los contrafóbicos: Con tal de no sentir que pierden el tiempo se llevan un libro, tres revistas de crucigramas, otras tantas de sudokus, esmalte de uñas, algún trabajito de costura, o el tejido; además responden mails, pagan cuentas por internet y hasta cumplen con hacerle el llamado semanal a la tía bisabuela.
3) Los indignados: No importa que quejarse no sirva para reducir la espera, al menos llenan ese tiempo con algo. Tampoco es una espera propiamente dicha, ya que como dice el famoso refrán "el que espera desespera". Sí, la bocina del auto es la voz de queja más potente que existe actualmente en el mercado. Con la ventaja que no dice incoherencias como las señoras en el supermercado o en la sala de espera del médico.
4) Los observadores: también parecen esperadores de raza, pero no nos engañemos. Suelen extraer increíbles enseñanzas de estas observaciones. Es así como el esperador-observador tiene muchas chances de elegir la caja que avanzará más rápido en un supermercado, sabrá identificar con unos valiosos segundos de anticipación el momento en el que un niño estallará en un berrinche (y mudarse a otro planeta, como mínimo). También sabrá cuánto es el promedio de propinas que se está dejando ese día en determinado restaurante; y hasta tiene un gran sentido de la moda, ya que en su imaginación le ha cambiado la ropa, el peinado y los accesorios a casi todas las personas que lo rodean.
5) Los dormilones: Calculo que no necesita explicación. Aunque podría encuadrarse dentro de la categoría de los contrafóbicos: ¿qué mejor manera de aprovechar el tiempo?
6) Los veraneantes: También aprovechan el tiempo, pero se diferencian de los contrafóbicos en que no les angustia esperar, sino que precisamente estaban buscando ese espacio en blanco para lo que sea: descansar en una sala de espera, charlar con las otras personas en la fila del banco (si fuera tan tedioso esperar en la fila del banco estarían haciendo la transacción por internet en la gran mayoría de los casos, que bien es lo mismo), para no ser los primeros en llegar a una fiesta en la que no conocemos a nadie o para espiar en la mesa de al lado a ver de qué se trata en realidad el daube de boeuf à la provençale
Ahora bien ¿A santo de qué viene esta clasificación en esta saga? Simplemente a título de que hace casi seis meses que empezó mi lío en el serpentario, y más de cuatro que presenté el proyecto en cuestión. Y sigo esperando.
Y también sé que en breve se definirá, y ahora me entró esa ansiedad de pensar que al menos es más segura la incertidumbre actual que lo que me espere una vez que conozca el resultado. Y entonces me parece que esperar no es tan malo... si existiera la espera, claro.
Yo he pasado en mayor o menor medida por todas esas instancias, ,ya sea una espera de minutos en la caja del super o de meses en el trabajo. Y también más de una a la vez, como por ejemplo llevar todo como una buena contrafóbica, y después quedarme dormida, o terminar de adivinar a qué colegio va cada niño a través del uniforme. También tecleo sobre el volante (si no toco bocina es porque principalmente me molesta a mí) sabiendo que esa barrera es imposible, y aún sí elegí el camino que incluye esa barrera. Puedo ir con total resignación a hacer media hora de fila en la caja del supermercado y terminar charlando con la señora de adelante... o redactando mentalmente un post.
¿Y ustedes qué clase de esperadores son?
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jueves, 17 de noviembre de 2011
Rumbo al desempleo 8: Felicitaciones para todos nosotros
Como decía mi maestra de la mañana en segundo grado, pueden darse una auto-palmadita en la espalda y decirse "¡buen trabajo!"
No voy a mentir. Siempre me fui por las ramas escribiendo, o digamos, desde segundo grado precisamente, cuando a fin de año publicaron en la revista del colegio los relatos que habíamos estado escribiendo en clase de castellano, y el mío era, por lejos el más largo. No, no fue visto tanto como una proeza, hasta dudaron en publicarlo porque era más de una página, cuando en el mismo espacio podían publicar tres y hasta cuatro de otros chicos.
Terminada la presentación de la prueba irrefutable en vivo y en directo, o líneas más arriba digamos, que me es imposible resumir paso a explicar un poco la situación.
Podría haber escrito un post en estado de furia asesina (porque así estuve) de represión total (ídem) de insomnio tenaz (ídem). Pero ya bastante tienen mis queridos y abandonados amigos bloggers, por lo que reflexionando un poco me decidí por darle finalmente otro tono al post. No, no me fue así de fácil, las broncas a mí me duran un tiempo bastante respetable, pero bien valía la pena el esfuerzo de presentar la mejor cara (la otra la dejo para el serpentario, que es donde le corresponde estar y no contaminar otros espacios).
La cuestión es que estos días, semanas mejor dicho, me vi envuelta en un intercambio epistolar nada agradable con la gerenta (a.k.a jefa al cuadrado, y otros tantos epítetos irreproducibles por este medio). "Nada agradable" también es un eufemismo para no utilizar otras expresiones poco apropiadas para un post que pretende al menos ser un tanto más optimista, porque de más está decir que esta mujer logró que llegara al límite como otras veces en el pasado.
Pero al final en algo se equivocó. Esta vez en lugar de jugar de local, intentó tantear el terreno primero y terminó jugando de visitante. Es que hasta ahora siempre nuestros intercambios poco felices eran en vivo y en directo, o a lo sumo por teléfono. Y a mí cuando me gritan me cuesta pensar, tampoco es una persona que dialogue para decir la estricta verdad, sino que lo suyo son monólogos (es más fácil cuando uno es gerente claro está) y yo que en general no sé intercalar la palabra en el momento adecuado terminaba odiándome a mi misma medio minuto después de finalizado el poco feliz intercambio, cuando se me terminaban de ocurrir todas las cosas que debería haberle dicho, mientras la otra se iba tan triunfante como la ganadora del oro olímpico.
En esta oportunidad la batalla fue en otro terreno. Sí, uno que me favorece mucho más. Porque independientemente que esta mujer ha demostrado que lo más extenso y coherente que ha escrito en su vida debe haber sido la lista del supermercado, yo pude exponer todos mis argumentos clara y extensamente, sin que nadie me interrumpa.
Que baste con decir que sus mails tienen en promedio siete líneas. Los míos treinta y cinco (sí, a este nivel de locura me llevó esta mujer)
Y pensando un poco creo que en mayor o menor medida (me atrevería a decir que en gran medida) escribiendo blogs, comentando otros blogs, debatiendo en foros y afines uno termina por pulir la técnica de debatir con el teclado al punto que en la vida cotidiana al menos, hay pocos entrenamientos tan eficientes en este arte.
Por tanto, muchas gracias a todos por los intercambios, tanto cuando estuvieron de acuerdo conmigo (siempre sirve como experiencia tener razón) como cuando no (porque me hicieron pensar, recapacitar, reconocer errores, o aprender a afirmar con más fuerza y argumentos mi punto de vista); o cuando me ofrecieron otras herramientas que nunca había considerado antes.
La mayoría de las veces estos intercambios fueron con las mejores intenciones, pero aún me veo en la obligación de agradecer y felicitar a quienes tuvieron las peores. No importa porque me sirvió igual.
Cuando terminé uno de los mails una amiga me dijo que era un collage exquisito de razonamientos y argumentos lógicos; y lo digo sin sonrojarme y sin falsa modestia porque el mérito no es mío.
No canto victoria, mi posición no es la más ventajosa precisamente, sé que mañana o la semana que viene puede pasar cualquier cosa, pero mientras tanto disfruto del presente, de este triunfo momentáneo, de este último mail mio (o de todos nosotros pero enviado por mi) sin ninguna respuesta de su parte desde hace diez días. Y bueno, en su defensa debemos decir que no debe ser fácil pelear solo contra tanta gente no? Y más aún cuando uno no lo sabe.
Así que felicitaciones a todos nosotros
¡Buen Trabajo!
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miércoles, 26 de octubre de 2011
Equilibrio
Continuando con la saga "patitas"...
.
Eso mismo vienen haciendo mis padres. Por lo visto, después de casi cuarenta años de casados se han revelado como una pareja con muchos problemas de corazón. No sé si por suerte o por desgracia, literalmente hablando.
Hace tres semanas fue mi papá y hace una mi mamá. Como se complementan bien, uno fue por bradicardia (demasiado lento) y la otra por taquicardia (demasiado rápido). Entre los dos no hacemos un sólo corazón. Pero no hace falta, mientras cada uno conserve el suyo más o menos en buen estado.
Pasada la tempestad nos reimos y ya podemos cancherear que nos sale natural esto de poder sostenernos casi con un solo pie.
Eso sí, en realidad quedamos de cama.
Pero al menos es una posición donde por más que los dos pies se tomen vacaciones al mismo tiempo, estamos en perfecto equilibrio.
Las fotos, tanto del cole como de casa, gentileza de MC, quien siempre adopta una postura imposible para posar, pero luego su madre le encuentra la mejor utilidad, tanto que parecen sacadas a propósito.
jueves, 6 de octubre de 2011
Pasos
Erase una vez un hombre que en en cincuenta y cinco años de trabajo nunca llegó tarde a su trabajo. Cuando lo hacía en relación de dependencia porque tenía un jefe, y cuando dejó de tenerlo, porque había que dar el ejemplo. Durante más de treinta años se despertaba seis menos cuarto, se afeitaba, bañaba, preparaba el desayuno, desayunaba y puntualmente estaba en el garaje a las 7, para manejar hasta casi 50 kilómetros para llegar a su trabajo en varias oportunidades.
Dificilmente llegara tarde a algún sitio, y cuando ocurría era responsabilidad de terceros.
Nunca se atrasaba en el pago de una cuenta y tenía todos sus relojes sincronizados.
Evidentemente si a alguien no hacía falta marcarle el paso, era a este hombre.
Pero como al destino le gusta divertirse con nosotros, y bastante seguido, a este señor empezó a atrasarle el corazón, al punto que este fin de semana trabajaba literalmente a media máquina.
La única solución: colocarle un marcapasos.
Al menos el travieso destino tuvo la bondad de brindar una solución simple a un problema grave, y no como suele suceder al revés. Al menos nos brinda la fantasía de ser expeditivos.
Como ya habrán imaginado, el protagonista de esta historia es mi papá; a quien le colocan el marcapasos hoy después de varios días en terapia; y las patitas son las de MC pocos días después de nacer.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Convocatoria literaria: Mi calle
de un lado:
y del otro:
(cesto de basura en primer plano. Se nota que las fotos no son lo mío)
Mi calle es de doble sentido. Por eso necesitaba ofrecer las dos perspectivas. Será por eso que me gusta, pero me irrita. Que apenas puse los pies en ella dije "aquí sí me gustaría vivir" pero a pesar de que transcurrieron siete años desde ese entonces, una parte de mí no renuncia a mi otra calle, la de mis otros 28 años. Es amistosa, pero también en estos últimos tiempos, demasiado amistosa con los amigos de lo ajeno. La distancia con la vereda de enfrente proporciona mucho aire y luz, pero también viento. Y además es difícil conocer al vecinito de enfrente. Puede llegar a ser incluso silenciosa en algunos momentos, pero a la hora "de los colegios" es como si uno viviera en medio de unos siete patios de recreo, aproximadamente.
No es ni angosta ni ancha. Por lo tanto, no es íntima ni abierta. Más de uno la considera una hermana menor de otra avenida cinco cuadras más abajo, pero como yo también soy hermana menor, no me molesta demasiado. Está muy arbolada, pero en otoño ya cansa.
En un radio de pocos metros concentra varias confiterías y heladerías. A veces se agradece y otras uno no para de repetir "no me dejes caer en la tentación".
De momento lo nuevo, lo mediano y lo relativamente antiguo conviven en armonía. Y la doble mano también. Esperemos que por mucho tiempo.
Y de yapa, mi cuadra es la de más arriba, pero también en mi calle, a pocas cuadras se encuentra esta iglesia, que yo considero algo así como salida de un cuento de hadas:
(La foto no le hace justicia)
Si quieren dar un paseo más largo Any los lleva desde su blog a otras calles.
martes, 20 de septiembre de 2011
80 casi primaveras
Había una vez un mundo que no había escuchado hablar de segunda guerra mundial, y por supuesto tampoco de la primera, al menos no con ese nombre.
Imaginemos la vida sin lavarropas, televisores y con pocos autos por las calles.
En una Buenos Aires donde todavía había tramos del arroyo Maldonado a cielo abierto, tranvías y tan solo, o mejor dicho, nada menos que dos líneas de subterráneo una señora hecha y derecha (que superaba por poco los veinte años) se disponía a internarse en un hospital o sanatorio (en esa época tampoco había mucha diferencia) para traer al mundo a su segundo hijo. Al llegar, vio cómo era todo y resolvió que para algo tenía casa y familia, y que para qué andar compartiendo al médico y a la partera si podía tenerlos para ella sola, y que para qué meterse con estos inventos modernos.
Así que en lo que supongo que se podría llamar un acto de cobardía, se volvió a su casa donde pocos días antes de la llegada de la primavera dio a luz un varón de más de 5 kilogramos de peso. Se desconoce cuál de los dos atributos del recién nacido le produjo más felicidad, pero según cuenta la leyenda después del parto no cabía en sí de felicidad.
Seguramente hoy la muchacha en cuestión sería incapaz de dejar de hablar del sufrimiento que le causó trabajo de parto, el fórceps o la cesárea. También al bebé lo hubieran llevado a neonatología y eso dista mucho de completar la felicidad que trae un hijo. Supongo que eso es nacer en la época indicada.
Ochenta años después de esa proeza, aunque en ese entonces no fue considerada tal, mi papá cumplió ochenta años. El dice que no, que no se siente de ochenta, que no puede ser, que todavía tiene la mayor parte del pelo negro. Pero su documento se empeña en afirmar lo contrario.
Y como los documentos no disfrutan mucho de las fiestas de cumpleaños, y menos de las multitudinarias, resolvimos festejarle el cumple a él.
Mi papá dice que de chico nunca pensó que llegaba a los ochenta. De hecho con sus amiguitos pensaban en qué mala pata habían tenido de no nacer unos años después porque seguramente no iban a llegar a ver el año 2000... o iban a estar muy viejos para disfrutarlo.
No voy a mentir. Me da cosita, y mucha, que mi papá cumpla ochenta. Lo escribo y tampoco lo creo. Bueno en su momento tampoco quería que cumpliera sesenta, ni setenta (de los cincuenta me acuerdo pero no tenía mucha conciencia de las décadas, de tenerla supongo que me hubiera sentido igual).
Si lo pensamos por el otro lado, estos últimos años nos dio tantos sustos, que no hay más que agradecer que haya llegado a los ochenta. Sí, no voy a mentir, me encantaría que hubiera cumplido sesenta. Incluso setenta en lugar de ochenta. Pero si las cosas son así, por lo menos es mejor que yo tenga treinta y cinco y no cincuenta y cinco.
Aunque después de estos últimos días que pasamos organizando el cumple debo decir que seguramente envejecí bastante. Amo organizar eventos, y por supuesto que amo a mi madre, pero eso no se traduce en que ame organizar eventos con mi madre; sino más bien todo lo contrario.
Pero salió bien, y sobre todo, llegamos al cumple y supongo que eso es lo importante.
Imaginemos la vida sin lavarropas, televisores y con pocos autos por las calles.
En una Buenos Aires donde todavía había tramos del arroyo Maldonado a cielo abierto, tranvías y tan solo, o mejor dicho, nada menos que dos líneas de subterráneo una señora hecha y derecha (que superaba por poco los veinte años) se disponía a internarse en un hospital o sanatorio (en esa época tampoco había mucha diferencia) para traer al mundo a su segundo hijo. Al llegar, vio cómo era todo y resolvió que para algo tenía casa y familia, y que para qué andar compartiendo al médico y a la partera si podía tenerlos para ella sola, y que para qué meterse con estos inventos modernos.
Así que en lo que supongo que se podría llamar un acto de cobardía, se volvió a su casa donde pocos días antes de la llegada de la primavera dio a luz un varón de más de 5 kilogramos de peso. Se desconoce cuál de los dos atributos del recién nacido le produjo más felicidad, pero según cuenta la leyenda después del parto no cabía en sí de felicidad.
Seguramente hoy la muchacha en cuestión sería incapaz de dejar de hablar del sufrimiento que le causó trabajo de parto, el fórceps o la cesárea. También al bebé lo hubieran llevado a neonatología y eso dista mucho de completar la felicidad que trae un hijo. Supongo que eso es nacer en la época indicada.
Ochenta años después de esa proeza, aunque en ese entonces no fue considerada tal, mi papá cumplió ochenta años. El dice que no, que no se siente de ochenta, que no puede ser, que todavía tiene la mayor parte del pelo negro. Pero su documento se empeña en afirmar lo contrario.
Y como los documentos no disfrutan mucho de las fiestas de cumpleaños, y menos de las multitudinarias, resolvimos festejarle el cumple a él.
Mi papá dice que de chico nunca pensó que llegaba a los ochenta. De hecho con sus amiguitos pensaban en qué mala pata habían tenido de no nacer unos años después porque seguramente no iban a llegar a ver el año 2000... o iban a estar muy viejos para disfrutarlo.
No voy a mentir. Me da cosita, y mucha, que mi papá cumpla ochenta. Lo escribo y tampoco lo creo. Bueno en su momento tampoco quería que cumpliera sesenta, ni setenta (de los cincuenta me acuerdo pero no tenía mucha conciencia de las décadas, de tenerla supongo que me hubiera sentido igual).
Si lo pensamos por el otro lado, estos últimos años nos dio tantos sustos, que no hay más que agradecer que haya llegado a los ochenta. Sí, no voy a mentir, me encantaría que hubiera cumplido sesenta. Incluso setenta en lugar de ochenta. Pero si las cosas son así, por lo menos es mejor que yo tenga treinta y cinco y no cincuenta y cinco.
Aunque después de estos últimos días que pasamos organizando el cumple debo decir que seguramente envejecí bastante. Amo organizar eventos, y por supuesto que amo a mi madre, pero eso no se traduce en que ame organizar eventos con mi madre; sino más bien todo lo contrario.
Pero salió bien, y sobre todo, llegamos al cumple y supongo que eso es lo importante.
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Allá no tan lejos y no hace tanto tiempo,
La Tribu
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Rumbo al desempleo 7: Puntos suspensivos
Llegué "adonde el diablo perdió el poncho", también conocida como la casa de la gerente en cuestión. Hacía más de dos semanas que no nos veíamos, ni habíamos tenido contacto por ningún otro medio, salvo el citado anteriormente.
Menos mal que el tiempo apremiaba y no tuve demasiado tiempo de pensar en huir mientras tocaba el timbre.
Me recibió con una gran sonrisa en la cara. Como uno no ha sobrevivido en el serpentario todos estos años en vano, aún no sabía si era sonrisa amistosa o diabólica, que también existen, y de hecho suelen ser más aparatosas aún.
Pero no. Era una sonrisa normal. Habló de su brazo quebrado, del problema que tenía con la ART, firmó todo lo que tenía que firmar, hizo llamadas telefónicas para que otras personas más avalaran el proyecto, comimos masitas, me volvió a presentar a una de sus hijas (por duodécima vez más o menos). Finalmente me explicó con pelos y señales cómo llegar más rápido al centro, y hasta me obligó a que aceptara el dinero del peaje "para que no pierdas tiempo buscando cambio o esperando el vuelto".
Debería haber salido feliz, y no es que no lo estuviera pero más que ése sentimiento me dominaba el de extrañeza. Y preocupación. Porque empecé a pensar que todo lo que había pasado era producto de mi imaginación. Como si no tuviera problemas me faltaban las alucinaciones.
Por suerte quedaba bastante papelerío por hacer y muy poco tiempo, así que en las siguientes 24 horas estuve demasiado ocupada para pensar en eso.
Cuando todo estuvo firmado, sellado y entregado, y a tiempo, le envío un mensaje para informarla que todo había salido bien finalmente.
Otra respuesta lacónica "esta noche te mando un mail"
Yo, que para ese entonces, después de una semana de locura, preocupación y angustia me encontraba algo así como en un estado cercano al Nirvana por la satisfacción del deber cumplido, me preocupé un poco. Porque después de la simpatía de pocas horas antes me esperaba aunque sea un "buenísimo, veremos que pasa" o similar.
Pero no. A primera vista.
Recibo el siguiente mail en cuestión y en una primera y rápida lectura me gustó:
Aquí va la primera lectura:
Menos mal que el tiempo apremiaba y no tuve demasiado tiempo de pensar en huir mientras tocaba el timbre.
Me recibió con una gran sonrisa en la cara. Como uno no ha sobrevivido en el serpentario todos estos años en vano, aún no sabía si era sonrisa amistosa o diabólica, que también existen, y de hecho suelen ser más aparatosas aún.
Pero no. Era una sonrisa normal. Habló de su brazo quebrado, del problema que tenía con la ART, firmó todo lo que tenía que firmar, hizo llamadas telefónicas para que otras personas más avalaran el proyecto, comimos masitas, me volvió a presentar a una de sus hijas (por duodécima vez más o menos). Finalmente me explicó con pelos y señales cómo llegar más rápido al centro, y hasta me obligó a que aceptara el dinero del peaje "para que no pierdas tiempo buscando cambio o esperando el vuelto".
Debería haber salido feliz, y no es que no lo estuviera pero más que ése sentimiento me dominaba el de extrañeza. Y preocupación. Porque empecé a pensar que todo lo que había pasado era producto de mi imaginación. Como si no tuviera problemas me faltaban las alucinaciones.
Por suerte quedaba bastante papelerío por hacer y muy poco tiempo, así que en las siguientes 24 horas estuve demasiado ocupada para pensar en eso.
Cuando todo estuvo firmado, sellado y entregado, y a tiempo, le envío un mensaje para informarla que todo había salido bien finalmente.
Otra respuesta lacónica "esta noche te mando un mail"
Yo, que para ese entonces, después de una semana de locura, preocupación y angustia me encontraba algo así como en un estado cercano al Nirvana por la satisfacción del deber cumplido, me preocupé un poco. Porque después de la simpatía de pocas horas antes me esperaba aunque sea un "buenísimo, veremos que pasa" o similar.
Pero no. A primera vista.
Recibo el siguiente mail en cuestión y en una primera y rápida lectura me gustó:
Aquí va la primera lectura:
"Lola, más allá del resultado de la aceptación o no del proyecto, creo que lo que no podés dejar de ver es el aprendizaje extra que trajo toda ésta experiencia. Sobre todo saber que sos capaz de luchar por lo que deseas, y creo que ni vos sabías que eras capaz de ponerte en marcha , con semejante proyecto. Te felicito..... Realmente deseo que lo aprueben, sé que te gusta mucho lo que hacés , sé lo que significa ése grupo para vos, y sé tbien que no querías irte ,y sé tbien que es digno cobrar en función de lo que uno trabaja. Me alegro que la vida te haya permitido conocerte en ésta instancia. Lamento las peleas, pero si tuvieron éste resultado, bienvenidas sean. Te deseo lo mejor. S." Ahora la segunda lectura:
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